TRES AÑOS, CIEN AÑOS
Por Fernando Flores
Tengo unas estúpidas ganas de enamorarme. Pero un enamoramiento enfermo y confuso, muy insano, una simbiosis arraigada que me junte completamente al otro. Que ande yo altamente pendejo, que no sepa dónde termina él y dónde comienzo yo, y viceversa. Que mis caricias por momentos se yuxtapongan entre mi cuerpo y su cuerpo. Un enamoramiento enfermo, empalagoso, de vida o muerte, pero no por ello tormentoso, al menos no al principio, más bien sexual, por momentos rudamente ansioso.
Un noviazgo así, atascado. Una situación de no poder vivir, como que falte al aire por momentos, como que uno se ahogue de vez en cuando y sienta miedo de morir, que no haya día en que la duda y la perturbadora idea de perderlo atormente mi cabeza. Que uno se sienta constantemente en peligro de muerte, a cada beso en el oído, a cada segundo de ausencia del otro. Un enamoramiento de lapa, de no poder vivir sin el otro, y que el otro no pueda vivir sin mí. Una cosa que me lleve a terapia, una cosa que rompa todas las reglas psicológicas de la buena compañía, de la bonita relación de pareja. Un amor abyecto. Tengo una pendejas ganas de enamorarme como un loco aturdido. Dedicarme a la locura, al beso fácil y siniestro, al tocamiento público, a la cogida hermosa.
Un amor en el que sienta pasos en la azotea, que piense que la Virgen me habla, que por momentos sienta y viva que me estoy volviendo loco, que escuche voces en los caracoles de mis orejas, que me vibre la garganta, que pierda la mirada, que pierda el control de mis eyaculaciones cuando lo toco, que pierda el control de mis movimientos oculares mientras duermo a su lado, que pierda el control de mis desmayos, que me deje ir en mi propia narcolepsia, como la única y más fiel de las muestras de amor hacía él, y que al despertar lo primero que vea sea su rostro asustado, pues ha creído que estoy muerto.
Tengo unas ganas abruptas de enamorarme, de sentir miedo, un ansia dislocada y suelta, de sentir que uno se va, de sentir rico pero igual de sentir que uno está pendejamente enamorado, que la propia vida ya no le pertenece a uno sino al otro, tirando así todos los logros en terapia, pero sobre todo correspondido. Que en los momentos en que no estemos juntos sintamos la peor de las ansiedades, los celos más cabrones, que imaginemos que el otro está con alguien más y ese sea el vil pretexto para propiciar el encuentro rápido. Sentir que a cada cogida a uno se le va la vida. Que a cada tirada uno piensa que muere un poco en cada eyaculación, en cada roce accidentado.
Que uno no solo le tema a la muerte propia sino la del amado. Un enamoramiento así, estúpido, un enamoramiento de pubertad, de sinrazones, de aglomeramientos corporales. Que nos valga madres si tenemos ganas de besarnos en cualquier tumulto de gente a mitad del día. Y que en esos besos públicos sintamos poco a poco como se nos van endureciendo la entrepierna hasta sentir la roca del otro empujando en la mezclilla. Y empujar mi pelvis contra la tuya, de un lado a otro para que sientas la dureza de mis ganas. Tomar tu mano, y llevarla hacia el paquete rocoso de mi verga, y luego simplemente seguir caminando sobre la calle de Madero.
Un enamoramiento tonto, absurdo, de celar al otro sin razón y terminar cogiendo en cualquier hotel de 300 pesos del Centro. Un enamoramiento sin control, sin límites sociales, sin límites sexuales, sin rayas que cruzar, y que las ganas instantáneas nos lleve siempre a alguna cama, un parque, a algún baño público, a la oscuridad de alguna calle allá por los rumbos vacíos de Circunvalación, o detrás de algún portón cerca de Regina. Que tus intensas ganas, que el dolor de tus huevos, nos lleve a los Señorial, al Vallarta, que nos encerremos en alguna maloliente cabina de sexshop sobre el Eje Central. Que mis ganas nos lleven siempre al mismo lugar, a nuestro cine Savoy, que mis ganas te hagan mamármela hasta prender fuego a mi prepucio adolorido, mientras diez, quince cabrones se acercan hasta nuestras butacas, las de siempre, y nos observan mientras algunos se masturban. ¿qué no es eso el amor?
Un amor de sabernos cómplices, de sentirnos uno, de pedirnos permiso para dar el siguiente paso, una cosa terriblemente codependiente, pendejamente simbiótica, parásita. Pero lapidaria. Que cada día uno vaya cayendo en el hoyo oscuro de la enfermedad, de "ya no quiero estar contigo pero no puedo estar sin ti". Que intentemos dejarnos, tres, cien veces, pero no podamos estar ni siquiera un día sin saber del otro. Que nos olvidemos de los amigos, de la familia, que con la sola presencia del otro nos baste para vivir. Que nos mandemos a la chingada, tres, cien veces, pero que sea más fuerte nuestro miedo de estar solos, de estar sin el otro, que nos carcoma la idea de que el otro pronto encontrará otro hombre, otro cuerpo, y entonces prefiramos regresar, así, tres, cien veces.
Y entonces ante la inminente pérdida, muerte, ante el círculo enfermizo del amor, amar más, aun más, al menos pensar que así lo hacemos, porque nunca será suficiente tanta simbiosis, porque nunca es suficiente tanta enfermedad. Y siempre darnos otra oportunidad, y otra más, otra más, sin darnos cuenta que cada día todo se pone más negro, más enraizado y enrarecido, que el sexo se vuelva salvaje, quizá hasta violento, pero que al final del día el tremendo cariño, la ternura de un abrazo largo, largísimo, nos haga regresar a la simbiosis. Otra más, y llegar al punto en que uno verdaderamente ya no puede vivir sin el otro, a pesar del daño que nos hacemos juntos. Y seguir así mucho tiempo, basando la relación en la enfermedad del amor, en el sexo extremo y público, así seguir tres años, cien años más. (por Fernando Flores ®, 2011)








