LA ENTREGA
por Fernando Flores
Cuando salí del baño ya estabas sobre el sofá, recargando tus brazos sobre el respaldo y ofreciéndome tu cuerpo. Me hinqué ante ti como quien entra en un templo, que al ver tu trasero lo único que pude hacer fue persignarme y así lo hice tres veces. En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y le di un beso negro. Tú me ofrecías tu culo blanquísimo y pulcro, tú y tu culo hinchado de calor se me revelaban ante mis ojos. No solamente quería lamerlo, tú no lo sabes, pero me gusta lamer el culo de los hombres. No solamente quería meter mi verga en él si no entregarme por completo a ti, a tu cuerpo extremadamente bizarro de músculos, esa figura rechoncha y limitada, como si ya no pudieras caber dentro de ti mismo y todo se apretara por dentro. Ese cuerpo estaba a punto de pertenecerme. No quería besar tus estruendosos brazos, tu pecho exuberante, no quería chupar tu pito rosísimo y bello, yo solo quería entregarme completamente a ti, y que no hubiera duda de mi entrega. A ese cuerpo que difícilmente podría tener de nuevo entre mis manos. Debía de sacar el mayor provecho de ti, de los 500 dólares que me cobraste por una hora de ti. Así lo haría.

Metí mi índice en la boca y lo ensalivé profundamente, mi dedo chorreaba de saliva caliente y babosa. Lo puse en la entrada tersa de tu culo y fui metiendo poco a poco, primero la punta, sutil, casi sin que pudieras sentirlo, ya la uña no se veía, ya estaba dentro de ti. Pronto mi dedo se perdió dentro de ti, todo él, la falangeta, la falangina y la falange de mi índice ya estaban completamente adentro, y fue cuando sentí por primera vez tu intenso calor. Con la punta moví dentro de ti, estimulé radiante tu próstata, pero no lo hice por mucho tiempo pues ese realmente no era mi objetivo. Sentí la fuerza que tu esfínter ejercía sobre mi dedo, apretabas, gemiste un poco, pero yo sé que tú y tu culo están acostumbrados a sentir el rigor de un buen dedo, de un buen trozo de verga. Solo quien ha metido un dedo dentro de un culo de hombre sabe que el culo jala, el culo succiona con fuerza pidiendo más. Queriéndose tragar el dedo, la verga, el dildo, o lo que intente penetrarlo.
Pronto dos de mis dedos estaban dentro, un tercero entró y un cuarto dedo también, parte de mi palma ya estaba ahí, en el limite de tu culo, solo faltaba el pulgar y así podría tener mi mano completamente dentro. Así lo hice, fui metiendo con mucho cuidado mi pulgar, mi intensión no era hacerte daño, así que lo hice con ternura, con delicadeza, como quien hace algún hechizo alquímico y necesita de paciencia. Así yo lo hice, metí mi mano en ti hasta la muñeca, la sensación era rara, era de un candor interminable, algo dentro de ti jalaba, algo dentro de ti apretaba mi mano, algo dentro rechazaba mi mano pero a la vez invitaba a que me entregara un poco más. Moví un poco mis dedos para estimular tus paredes internas, tus costuras, originales, tus pliegues.

Mi antebrazo pronto hizo lo suyo, pronto y sin ninguna dificultad mi codo pasó raspando un poco tu esfínter, tú gemiste, era obvio que te dolía, era obvio que te gustaba, que nunca nadie jamás había estado tan dentro de ti como lo estaba haciendo yo. Pero igual pronto dejaste de apretar y permitiste que me entregara solo un poco más. Mi antebrazo sentía la tibieza aguerrida de tu interior, de tu colon tan buen anfitrión. Con el codo derecho dentro, lo demás fue relativamente sencillo. Primero metí el índice de mi otra mano, y volví a hacer el mismo registro, la misma receta que con la mano derecha. El índice, y luego el dedo mayor, el anular, el menique, el pulgar y pronto mi mano izquierda también estaba dentro tuyo. Después solo fui deslizando, poco a poco mi antebrazo izquierdo, y así ambos estaban ahí, sintiendo la humedad viscosa de tus dentros, la viscosidad y esa fuerza, ese movimiento de vísceras que mis vellos sentían.

Con ambos antebrazos dentro ti, no había marcha atrás, no habría retorno, tenía que seguir, entregarme por completo, entonces fui abriendo poco a poco tu culo, lo suficientemente grande, lo suficientemente abierto, como nunca jamás tu culo se había entregado a alguien. Tenía que ser grande y cuando lo fue, cuando realmente tu culo estaba dispuesto a recibirme, acerque mi cabeza y fui empujando, tú sentías mi pelo por entre tu esfínter cedido, sentías la textura de los miles de pelos de mi cabeza y gemías asustado quizá, complacido quizá, aterrado quizá, quizá todo al mismo tiempo. Solo empuje, empuje, lo único que hice fue empujar, acostumbrar a tu culo al tamaño de mi cabeza, empuje de nuevo, sutil, despacio, empuje ligero, y cerré los ojos, contuve la respiración, cerré la boca, podía sentir sobre mis párpados, en mis mejillas el poder de tu culo que intentaba cerrarse. Y cuando menos lo pensamos mi cabeza ya estaba dentro de ti, mi cabeza y mis brazos.
Me quede ahí inmóvil por algunos minutos, a que tu cuerpo se acostumbrara al elemento extraño, no quería forzar tu estructura demasiado. Sin embargo pronto fui deslizando mi hombro derecho hacia dentro, mi hombro y con ello mi axiala, y luego la parte izquierda fue todavía mas fácil, un poco por la lubricación, por la abyección de tus músculos, en la que tu cuerpo se entregaba. Abrí los ojos, acomodé mis brazos dentro de ti, tu próstata luminosa radiaba un intenso calor que por momentos me quemaba. El primer tercio de mi cuerpo estaba dentro ya, y no quise desperdiciar la oportunidad de lamer tu próstata, serías el primer hombre en el mundo al cual le hacen una mamada de próstata, y así lo hice. Con mi lengua sentí su dureza, sus diminutos pliegues lunares, y esa contracción infinita que hacía cuando la tocaba mi lengua.

Debíamos terminar ya y me fui arrastrando por dentro tuyo, me arrastré pechotierra, me arrastré por dentro de tu aglomerado y apretado interior ayudado por mis brazos. Fui entregándome a ti, sincero. Pasó mi pecho, mi espalda, mi ombligo sentía las ya escasas contracciones de tus ligamentos. Entré más, un poco más, seguí arrastrándome, me faltaba poco, mis nalgas habían pasado ya el límite de tu cuerpo. Mi verga, mis huevos, que al primer contacto con tu interior se contrajeron y mi verga endurecida se fue machucando intensa y dura por tu culo interno.

Quise meter mi muslo derecho primero, pero fue imposible, así que me deslice de nuevo, me arrastré hasta que ambos muslos entraran al mismo tiempo, mis rodillas, la totalidad de mis piernas. Estaba casi totalmente dentro de ti, de tu interior cálido y acogedor. Con la verga parada dentro tuyo comencé a masturbarme, a intentar puntear tus dentros, tu humedescencia. Punteé tu intestino desde adentro, punteé con mi verga endurecida tu hígado, punteé con la punta de mi verga tu páncreas, tus pulmones, punteé amorosamente tus ventrículos y tu corazón. Jalé mi verga con desesperación, quería hacerte sentir mi roca, chorrearte con mi leche aturdida, loca y aglutinada, y echarla dentro tuyo desde adentro.

Jalé con dureza, mi pellejo friccionaba casi calcinado, algo como una chispa desató un incendio que nos quemaba a ambos, y fue cuando sentí el frío en mis pies y me di cuenta que los tenias aun afuera. Los metí y fue cuando tú cerraste tu culo por completo, la entrega se había consumado. Y entonces eché los chorros de mi leche dentro tuyo, mi baba interna, mis mecos alucinados que se venían sedientos y en sendos chorros, y ambos, tú y yo, hicimos un vació universal, un colapso cósmico. Sofocado, sofocados, tú afuera y yo dentro de ti, literalmente, cansado de la tremenda venida solo me recosté dentro tuyo, debía esperar, solo esperar a que me echaras de ti, a que se terminara la hora estipulada. Dormité un poco, mas no había duda, mi entrega había sido completa. (por Fernando Flores ®, 2012)
